El paro visto como un encuentro de futbol; las fracturas que nos dividen.

Autor:

Víctor Xavier Enríquez Champutiz

Fecha de Publicación: 18/10/2025 

El estadio se llama Ecuador. La cancha está marcada con líneas de desigualdad, promesas incumplidas y cansancio social.

De un lado, el Estado, dirigido por el técnico Daniel Noboa, con estrategia de control y voluntad de estabilización económica o cubrir una brecha fiscal.

Del otro, la CONAIE y las comunidades indígenas de Imbabura, que llegan con un grito de justicia y 50 años de olvido (de pronto incluso a conveniencia de sus propios directores técnicos = lideres indígenas).

El árbitro —la historia— da el pitazo inicial.

El objetivo, como en todo partido, debería ser marcar goles: introducir el balón de la justicia en la portería del bienestar común 🥅.

Pero el juego pronto se desvía; ya no hay goles que unir, sino faltas que dividir.

Primer tiempo: el saque inicial y la primera falta

El saque inicial ⚽ lo ejecuta el Estado el 13 de septiembre de 2025, al eliminar el subsidio al diésel. En su tablero técnico, es una jugada fiscal; en la grada, se siente como un gol en contra.

El balón —la economía nacional— cambia de posesión rápidamente. La CONAIE recibe el pase y conduce el reclamo: convoca al paro nacional 🛡️⚔️.

Las comunidades avanzan con pases cortos, entre la indignación y la esperanza de reivindicación de juegos anteriores.

Pero el medio campo del diálogo no logra sostener la posesión.

El Estado retrocede a su zona defensiva, y las barras populares —el pueblo— se polarizan: unas corean “justicia”, otras piden “orden”.

El primer tiempo se vuelve tenso, sin goles, con un marcador de frustración a cero.

Segundo tiempo: fuera de juego y pérdida de control

El descanso no trae calma.

En el segundo tiempo, las jugadas se desordenan. Los pases ya no son para construir, sino para dividir.

Aparecen los fuera de juego: discursos políticos adelantados, líderes que cruzan la línea buscando protagonismo y no soluciones.

El balón se eleva entre consignas extremistas como “que se mueran los ricos” o “no habrá agua ni gas si no se unen”.

El fuera de juego moral deja al país sin defensa.

En Otavalo, se marca un penal simbólico contra el orden: una Unidad de Policía es incendiada 🔥.

En Cotacachi, el comunero Efraín Fuérez cae sin balón de por medio ☠️: una falta grave, una vida truncada, una línea roja cruzada.

Las jugadas de conducción de la protesta se vuelven bruscas.

El árbitro institucional, encargado de aplicar las reglas, parece haber guardado el silbato.

El Estado, acorralado, ejecuta su saque de banda con decretos, toques de queda y militares en el campo. Pero el balón vuelve con rebote: bloqueos, amenazas y calles cerradas.
El marcador no se mueve: sigue empatado, pero cada minuto deja más heridos.

El medio campo de las Fuerzas Armadas: jugando en dos canchas

Las Fuerzas Armadas entran en el medio campo, jugando un papel doble: defienden la portería del orden y la seguridad 🥊, pero también por los derechos de las personas q exigen garantías de seguridad, movilidad y trabajo 🥊.

Juegan los 90 minutos sin descanso, buscando el equilibrio en una cancha donde los DDHH son aplicados a discreción.

Pero el rival no es solo el caos, sino la confusión y la anarquía.

En plena contienda, varios militares son «retenidos», agredidos y luego liberados con golpes y contusiones.

Aun así, mantienen su posición. No responden con revancha, sino con disciplina, en el marco del legítimo uso de la fuerza.

Son los jugadores que intentan mantener el equilibrio cuando todos los demás pierden la brújula.

En el tiempo extra, entran jugadores no convocados 😈

Cuando el cronómetro llega al minuto 90, el árbitro añade tiempo de reposición.

Pero el partido ya no es el mismo. Han ingresado jugadores no convocados:  delincuentes, extremistas, mineros ilegales, terroristas 👻 👻 👻 👻 👻.

No están en la lista oficial, pero visten la camiseta de la protesta.

Sus tácticas no son sociales ni democráticas: son ataques, bloqueos, amenazas 💣🧨💥.

El 14 de octubre, en Guayaquil, un coche bomba explota 💣 frente a un centro comercial. Un muerto ☠️ y decenas de heridos son el resultado de una jugada ajena al fair play.

El crimen organizado aprovecha el caos como un remate a puerta vacía.
El balón de la protesta ya no pertenece al pueblo: ha sido robado por intereses que no entienden de justicia ni de diálogo.

El Estado, en respuesta, lanza su saque de esquina ⚽: despliega Fuerzas Armadas, acusa infiltración criminal y llama al orden.

Las comunidades, desde su área, reclaman un penal ⚽ por abuso de poder.

Y el país, desde la grada, observa un empate imposible, con ambos equipos agotados, lesionados y sin árbitro.

El VAR de la nación revisa las jugadas polémicas.

Ve al Estado marcar con dureza, a la CONAIE responder con exceso, y a los extremistas jugando sin reglas.

El resultado es claro: un partido sin ganadores 🤯.

Un comunero muerto, militares golpeados, policías agredidos, ciudadanos paralizados.

Y un país que, entre tanta falta, ha olvidado el objetivo inicial del juego: marcar goles a favor del bienestar colectivo 🥅.

El cronista esta confundido no sabe quien va ganando.

Ecuador sigue jugando un partido que ya nadie quiere ver y que perdió el rumbo desde el saque inicial 😱. Imbabura pierde por goleada.

El Estado intentó marcar con autoridad y sostenibilidad económica, pero sin considerar el descuido del por más de 50 años.

La CONAIE condujo con fuerza, pero perdió el control del balón.

Y las Fuerzas Armadas, en medio, jugaron por los dos equipos: por el orden y por la gente que exige su derecho a trabajar.

Los pases del diálogo fueron interceptados por la desconfianza.

Los remates de la política cayeron fuera del arco de la sensatez 🥅.

Los fueras de juego morales dejaron a todos en posición adelantada frente a la verdad.

El penal más grande fue contra la convivencia.

“Este partido no se gana con goles, sino con respeto, y no habrá victoria mientras la cancha siga dividida entre nosotros mismos”

Víctor Xavier Enríquez Champutiz

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